

Aurelio recorrió incansablemente pequeños pueblos, conversando con agricultores y ancianos para localizar arbustos de agraz olvidados. Cada encuentro era una pieza más en el complejo puzzle de nuestro patrimonio genético frutal.
Documentó cada hallazgo con meticulosidad, desde la ubicación precisa hasta las historias asociadas a cada planta. Así, el huerto familiar se convirtió en un santuario de la biodiversidad agrícola.
La conservación no es una carrera de velocidad, sino una danza paciente con el tiempo, donde cada planta es un verso y cada estación, una estrofa.
Aurelio Robles
Un compromiso familiar
Tras el fallecimiento de Aurelio, su familia tomó la decisión de continuar su labor. Aprendieron los complejos cuidados de la plantación, desde la poda y el riego hasta la catalogación de nuevas variedades, manteniendo vivo el huerto de salvaguarda.
Este compromiso va más allá del cuidado físico de las plantas. Es una promesa de mantener viva la memoria de Aurelio, su curiosidad insaciable y su profunda conexión con la tierra y sus frutos.
